Atravesar un borde le gana a la técnica

Cuando pensamos en qué hacer para crecer en el ámbito de la música –así como también en cualquier “área” de la vida- es muy fácil y frecuente creer que lo que hay que hacer se trata de estudiar más, de ampliar el saber y de mejorar la técnica. Por más que esas cuestiones por supuesto que contribuyen y en algunos casos son inclusive prerrequisitos esenciales para entrar a ciertos ambientes que uno puede desear abarcar, al fin de cuentas no son definitorias. Nada es tan potente como atravesar un borde.


Por atravesar un borde me refiero a entrar en terreno no transitado y recorrer caminos que son evitados por el yo a toda costa, lo cual implica responder ante los preconceptos instalados por apoyarnos en viejos paradigmas. Atravesar un borde es indefectiblemente crecer, ya que en ese mismísimo acto uno se encuentra alargando circuitos, agrandando lo que la propia vida abarca.


Digamos que si yo hace 10 años que estudio un instrumento, y me pongo a estudiar unos años más inclusive más horas por día que antes y con mayor exigencia… no implica un alargue de circuitos, es más de lo mismo. No tuve que ir más allá que lo que ya estaba instalado en mí: la concepción de que para mejorar como músico lo que tengo que hacer es practicar más. Nada cambió en mí por hacer más de lo mismo. Quizás entonces sí pueda tocar pasajes de una dificultad mayor que antes, pero desde dónde lo haría sería desde la misma posición, no emanaría algo diferente ¿Cuántas veces hemos visto a un músico superlativamente virtuoso y que sin embargo no transmite mucho?


La adrenalina que surge de atravesar aquello que todo en mí dice que no tengo que atravesar me carga de una energía extra, que a su vez energiza lo que sea que yo esté haciendo en ese momento. Esa energía extra se emana y es percibida por los demás también aunque no sean conscientes del borde que uno está atravesando. Mientras escribo esto viene a mi mente el caso de Paul Potts que causó furor en el show “Britain´s got talent”. Un introvertido vendedor de teléfonos hizo estallar a una audiencia entera a pura energía de borde atravesado. Lo que hizo -su interpretación de “Nessun dorma”- fue mediocre al menos para los estándares del mundo lírico. Sin embargo, qué hizo en lo que hizo de ninguna manera puede ser considerado mediocre, y causó un efecto muy superior al que causan diariamente cientos de cantantes líricos que son “mejores” que él.


Hace unos años el psicoanalista José Luis Parise me hizo notar todo lo que aquí vengo desarrollando cuando me dijo que en estudio todos sonamos bien. Ahora, tocar de oído y sin conocer previamente el tema ante los popes del género a puro riesgo es otra cosa. Es algo que definitivamente me impactó, ya que siempre recurrí al estudio, a intentar tener todo bajo control e intentar a toda costa que no surja la falla. Por supuesto que una de las vías por las cuales salvarme de que surja la falla es evitar tocar de oído ante “los que saben”.


Por pura casualidad a la semana siguiente surgió una oportunidad en donde aplicar lo que me fue aportado. Me encontraba grabando la canción “No te salves” en un estudio de grabación, ese contexto en el que precisamente todos sonamos bien. Había venido como músico invitado Patricio Villarejo, músico a quien yo hace años admiraba y a quien siempre le tuve mucho respeto… un pope, si se quiere! Como si fuera poco, la canción que grabaríamos es una composición de José Luis… como diciéndome que no me salve de aplicar lo que yo a toda costa trataba de evitar. Y la oportunidad exacta surgió.


Entre tomas, Patricio se puso a juguetear tocando una melodía de alguna especie de candombe, y a contramano de lo que yo normalmente hubiera hecho -nada- me puse a improvisar una base de acompañamiento en el contrabajo, subiéndome al tren de quién sabe qué canción. Habrán sido unos 15 segundos. “¡Estuvo bueno eso! Vos tendrías que venir a tocar a mi disco”.


Y así fue, ese mismo año grabé en Estudios ION todos los contrabajos y bajos de “Identidad”, álbum solista de Patricio Villarejo. No solamente tuve el privilegio de tocar con Pato, sino que también me quedaron grabaciones con más músicos que admiro como por ejemplo Pedro Aznar y Franco Luciani, quienes también fueron invitados a participar. Para continuar haciendo crecer esa semilla propuse también aportar al disco una improvisación de sitar en “Ojos de Videotape”, sumando algo que no estaba planeado y que me exigiría también resolver en el momento, sin partitura y sin ensayos, con mayor presión aún ante el micrófono, acompañado por el piano de Freddy Mendizábal que tocaría hermosuras a las que de ninguna manera yo podría anticiparme. Y así es que luego surgieron más y más oportunidades memorables a raíz de ese breve pero gran momento, ya que más tarde Patricio me invitó a tocar en el Luna Park con Rata Blanca y realizar una grabación en Estudios Fort con Luis Salinas, entre otras cosa.


Es de vital importancia inscribir que cuando decidí atravesar ese borde fue para atravesarlo en mí. De ninguna manera yo preveía que eso me traería tales aperturas de puertas a lugares que hasta ese momento me quedaban lejos. Mil horas de práctica, estudio y una técnica impecable jamás podrían haber superado a esos 15 segundos de borde atravesado.



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